domingo 20 de diciembre de 2009
Exposición de pinturas
De 18 de diciembre hasta 14 de enero mis 29 pinturas de flores (Mis amigas son flores) estaran en el restaurante La Ribota en el pueblo de Alcorcón. ¡El espacio es muy guay! Hace años el dueño del restaurante presenta todos los meses exposiciones de pinturas. ¡Ojalá a las personas les gusten mis trabajos! Es muy bueno volver a "vivir la pintura".
lunes 14 de diciembre de 2009
martes 3 de noviembre de 2009
Canción de la bienvenida III
Cascos de muchos colores
dibujan las calles
de Majadahonda.
Mi amor y yo,
partes vivas de la ciudad,
somos dos niños
con cascos rojos
en las cabezas
y muchos sueños
en los pies.
Conducimos nuestras bicis
olvidados de otros caminos
que no sean
esas calles
enjoyadas
por nuestras sonrisas.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
Miro al niño-hombre
que me hace niña
y pronto
le agradezco:
tantos años
sin saber
la alegría
de una bicicleta…
Y mismo sin tener
la fuerza de una atleta
me voy contenta
por la calle
como si la fuera.
Él y yo
sin otras historias,
él y yo
sin más memorias,
él y yo
y la fuerza antigua
que tiene el amor
cuando se instaura.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
Parece decir la ciudad
que primero
me llegó
mil quinientas y cuarenta veces
cuando el
google brasileño
era lo que yo tenía
para saber como sería
el sitio adonde iría.
Ahora
Majadahonda
son jardines
llenos de rosas,
son las tiendas
de la Gran Vía,
los árboles bonitos
de la Avda. Guadarrama
a pedirme “¡fotografía!”,
son fruterías, panaderías,
Supercor, Mercadona, Día…,
son rotondas adornadas,
y predios bajos con piscinas
(aunque meses cerradas),
son también, todavía,
colores que yo no cogía
ya que mi escenario,
distinto de todo eso,
playas verdes traía
(y un aire de maresia).
Ahora
Majadahonda
son bares llenos de gente;
son bocadillos,
tapeos, copas
al verano caliente.
Son muchas lenguas oídas
en las tiendas,
en las esquinas,
y también
la presencia fuerte
de las cosas chinas.
Son arbustos recortados
y un aire sofisticado
aunque que esté mezclado
a las voces mendicantes
enfrente de los mercados.
Ahora
Majadahonda
son plazas coloridas,
y muchas concejalías
(cosa que yo desconocía),
son fiestas, son deportes,
son muchas escuelas y jóvenes,
son “panchitos”, “marroquís”,
son “sudacas” como yo,
gente que aquí llegó
como un día también llegaron
los pastores segovianos
que una aldea iniciaron
con sus cabañas y sueños.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
Ahora
Majadahonda
me acoge
en su cuna
como si supiese
(más que ninguna)
que hay algo
de renacer
para quien dice adiós
a la tierra donde nació.
Yo
(que, como el Cid,
di adiós a mi familia,
y de ella recibí
la misma bendición:
a Dios te encomiendo…)
aquí estoy a oír
un “¡Bienvenida!”
mientras
los brazos de mi amor
me continúan diciendo
que aquí o más allá
me seguirán
a mí queriendo…
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
Por eso
soy la niña
que montada en la bici
sigue sin miedo
adelante
y pide a
Majadahonda
que la dé su
“¡Bienvenida!”
(mismo que esa niña
sea más una inmigrante
trayendo a la ciudad
algunas novedades
y las muchas dificultades
que vienen
con esa mezcla
de tierras y identidades).
¿Bienvenida?
¡Bienvenida!
dibujan las calles
de Majadahonda.
Mi amor y yo,
partes vivas de la ciudad,
somos dos niños
con cascos rojos
en las cabezas
y muchos sueños
en los pies.
Conducimos nuestras bicis
olvidados de otros caminos
que no sean
esas calles
enjoyadas
por nuestras sonrisas.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
Miro al niño-hombre
que me hace niña
y pronto
le agradezco:
tantos años
sin saber
la alegría
de una bicicleta…
Y mismo sin tener
la fuerza de una atleta
me voy contenta
por la calle
como si la fuera.
Él y yo
sin otras historias,
él y yo
sin más memorias,
él y yo
y la fuerza antigua
que tiene el amor
cuando se instaura.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
Parece decir la ciudad
que primero
me llegó
mil quinientas y cuarenta veces
cuando el
google brasileño
era lo que yo tenía
para saber como sería
el sitio adonde iría.
Ahora
Majadahonda
son jardines
llenos de rosas,
son las tiendas
de la Gran Vía,
los árboles bonitos
de la Avda. Guadarrama
a pedirme “¡fotografía!”,
son fruterías, panaderías,
Supercor, Mercadona, Día…,
son rotondas adornadas,
y predios bajos con piscinas
(aunque meses cerradas),
son también, todavía,
colores que yo no cogía
ya que mi escenario,
distinto de todo eso,
playas verdes traía
(y un aire de maresia).
Ahora
Majadahonda
son bares llenos de gente;
son bocadillos,
tapeos, copas
al verano caliente.
Son muchas lenguas oídas
en las tiendas,
en las esquinas,
y también
la presencia fuerte
de las cosas chinas.
Son arbustos recortados
y un aire sofisticado
aunque que esté mezclado
a las voces mendicantes
enfrente de los mercados.
Ahora
Majadahonda
son plazas coloridas,
y muchas concejalías
(cosa que yo desconocía),
son fiestas, son deportes,
son muchas escuelas y jóvenes,
son “panchitos”, “marroquís”,
son “sudacas” como yo,
gente que aquí llegó
como un día también llegaron
los pastores segovianos
que una aldea iniciaron
con sus cabañas y sueños.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
Ahora
Majadahonda
me acoge
en su cuna
como si supiese
(más que ninguna)
que hay algo
de renacer
para quien dice adiós
a la tierra donde nació.
Yo
(que, como el Cid,
di adiós a mi familia,
y de ella recibí
la misma bendición:
a Dios te encomiendo…)
aquí estoy a oír
un “¡Bienvenida!”
mientras
los brazos de mi amor
me continúan diciendo
que aquí o más allá
me seguirán
a mí queriendo…
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
Por eso
soy la niña
que montada en la bici
sigue sin miedo
adelante
y pide a
Majadahonda
que la dé su
“¡Bienvenida!”
(mismo que esa niña
sea más una inmigrante
trayendo a la ciudad
algunas novedades
y las muchas dificultades
que vienen
con esa mezcla
de tierras y identidades).
¿Bienvenida?
¡Bienvenida!
miércoles 30 de septiembre de 2009
Canción de la Bienvenida (parte II)
II
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
De Madrid a Majadahonda,
mis pensamientos vuelan
y salen por las ventanas,
como pájaros nuevos
en tu cielo,
España.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
De Madrid a Majadahonda,
por la nacional número seis,
entran tus formas
a través de las ventanas,
y yo, ya sin ojos turbios,
no soy la misma,
no soy la misma,
España…
Mi amor me lleva adelante…
¿Bienvenida?
¡Bienvenida!
El sol de ayer
parece el mismo,
pero Madrid, ¡qué distinta!
cuando en mí
ya no hay la turista
sin embargo una mujer optimista
que sigue
una canción de amor.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
Me dicen las manos
que fuertes
conducen el coche
y cambian en día
la noche
que habitaba
mi destino
cuando yo pensaba en amor.
¿Es el destino
un camino?
Y caminos,
¿hay o no?
Sí, Machado,
caminos no hay…
Pero ¡cómo hay carreteras
en el cuerpo
de tu España!
El coche me lleva
por un mar gris…
Veo rutas, veo nombres,
y mi corazón,
siguiendo adelante,
extrae de las miradas
recuerdos sanos
de quien un día
los ojos tenía
dulces y llanos.
Caminos no hay, Antonio,
pero hay las “A”s
dibujando sus telas
como si hubiera una araña
trabajando
en la Puerta del Sol.
Pienso en tu kilómetro cero
y busco en mí
el punto primero
cuando tu España
a mí me llegó…
Y me acuerdo
de Maria Elisa
una prima
que era muy chica
cuando recibió
de una tía
(que un regalo le hacía)
una estampa colorida
donde había
una danzarina
que llevaba su nombre
MARIA ELISA
y que muy guapa
vestía
una falda con faralaes
que no he visto jamás.
Mientras mi prima,
descuidada,
se olvidaba de la danzarina,
yo la miraba
sorprendida
deseando fuera yo
MARIA ELISA.
¡Oye!, España,
hoy yo sé
que eres más
que una estampa,
más que el flamenco
en las tiendas
como un ritmo
desplazado,
o mismo
que un nombre de hombre
arriba de un torero,
vendiendo
al mundo entero
un toro de exportación…
Pero entonces
yo me creía
que también yo podría
ver mi nombre
allí escrito.
Y aunque que sea ingenuo,
eso me suena
bonito.
Después,
en las clases de Historia,
tú me llegaste,
¡muy bienvenida!,
(ya que yo era una chica
con sed de sabiduría),
llena de reyes,
de reinas,
de cambios de dinastías,
de viajes, de conquistas,
de invenciones de artistas.
Fernando de Aragón
y Isabel de Castilla
estaban allí
en mi libro
como aquí ahora
todavía están.
Y Colón,
sin ser español,
fue tu héroe nacional,
y dividió el tiempo
y la Historia de América
en dos distintas eras:
la indígena precolombina
y la que llegó
(aunque insana)
después de Colón y sus sueños.
Tu espacio en mi libro
era asaz pequeño,
así como mis ideas,
pequeñitas también.
Pero allí
yo ya sabía
que la España que conocía
en mí siempre viviría,
yo, mujer americana,
de una tierra
de vientre usurpado,
cruzado por Tordesillas,
donde hasta hoy
muchos pueblos
viven aislados,
olvidados de la Historia
que los ha encarcelado
en los brazos del pasado.
¡Oye!, España,
hoy yo sé
que eres más
que los borbones de ayer
o que un huevo de pié.
Después,
ya con los dieciséis,
oí hablar de tus guerras.
Sucesión,
Guerra Civil,
hombres muertos,
miseria.
Un país lleno de sueños
y de conflictos de ideas,
Una España bien distinta
de aquella
que parecía
ser un mar de carabelas.
¡Oye!, España,
hoy yo sé
que eres más
que una esfera
donde sólo se habla
de batallas
y de dañinas hierbas.
Además,
todo es así:
no hay
ganancias sin pérdidas.
Pero lo mejor de ti,
(¡Bienvenida!
¡Bienvenida!)
me llegó
más adelante…
Tú,
tan maja y
tan desnuda…
Tú, en tu mejor parte,
ya que vestida
por la
Historia del Arte.
La España
que entonces conocí
tenía
la sorpresa de Dalí,
los ojos mojados
de El Greco
mirando arriba de aquí,
la ternura de los niños
que Murillo retrató,
el tenebrismo de Ribera,
en la barroca edad,
mezclando
la fuerza de la luz
a la oscuridad.
De Zurbarán,
eras la técnica,
las formas más copiadas,
de Goya,
las negras pinturas
y mujeres jamás olvidadas.
Tú eras
un espejo
donde Velasquéz
miraba
los valores del mundo,
todavía,
tú eras también,
un espejo despedazado
donde Picasso
miraba
una era hecha de pedazos.
Tú eras, entonces,
España,
las formas fantásticas
de Miró,
más que el Barroco,
que El Siglo de Oro,
más que el
churrigueresco
o que el estilo mudéjar...
Tú eras, entonces,
España,
una paleta viva,
mil colores escurriendo
bajo mis ojos sedientos
de algo que en tí
es mucho mayor
que el tiempo
derritiéndose
en relojes.
Mi amor se reí de mí
encantado con mis recuerdos
y me habla
de otros nombres
que pronto
conoceré.
(¡Bienvenidos!
¡Bienvenidos!)
¡Oye!, España,
hoy yo sé
que eres más
que una lista de nombres,
que una escuela,
que un estilo,
que una pintura de millones.
Eres en mí,
todavía,
y eso siempre serás,
los recuerdos
de una cría,
en los jardines
de la universidad,
que pensaba
ser un sueño
(de aquellos, casi imposibles)
pisar un día
en tu suelo
y, sintiéndose bienvenida,
ver la Historia y la vida
dibujadas y coloridas
por manos más que divinas.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
Sale de la carretera
una voz así sentida.
Majadahonda está cerca.
El pasado cierra puertas
al futuro que llega.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
De Madrid a Majadahonda,
mis pensamientos vuelan
y salen por las ventanas,
como pájaros nuevos
en tu cielo,
España.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
De Madrid a Majadahonda,
por la nacional número seis,
entran tus formas
a través de las ventanas,
y yo, ya sin ojos turbios,
no soy la misma,
no soy la misma,
España…
Mi amor me lleva adelante…
¿Bienvenida?
¡Bienvenida!
El sol de ayer
parece el mismo,
pero Madrid, ¡qué distinta!
cuando en mí
ya no hay la turista
sin embargo una mujer optimista
que sigue
una canción de amor.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
Me dicen las manos
que fuertes
conducen el coche
y cambian en día
la noche
que habitaba
mi destino
cuando yo pensaba en amor.
¿Es el destino
un camino?
Y caminos,
¿hay o no?
Sí, Machado,
caminos no hay…
Pero ¡cómo hay carreteras
en el cuerpo
de tu España!
El coche me lleva
por un mar gris…
Veo rutas, veo nombres,
y mi corazón,
siguiendo adelante,
extrae de las miradas
recuerdos sanos
de quien un día
los ojos tenía
dulces y llanos.
Caminos no hay, Antonio,
pero hay las “A”s
dibujando sus telas
como si hubiera una araña
trabajando
en la Puerta del Sol.
Pienso en tu kilómetro cero
y busco en mí
el punto primero
cuando tu España
a mí me llegó…
Y me acuerdo
de Maria Elisa
una prima
que era muy chica
cuando recibió
de una tía
(que un regalo le hacía)
una estampa colorida
donde había
una danzarina
que llevaba su nombre
MARIA ELISA
y que muy guapa
vestía
una falda con faralaes
que no he visto jamás.
Mientras mi prima,
descuidada,
se olvidaba de la danzarina,
yo la miraba
sorprendida
deseando fuera yo
MARIA ELISA.
¡Oye!, España,
hoy yo sé
que eres más
que una estampa,
más que el flamenco
en las tiendas
como un ritmo
desplazado,
o mismo
que un nombre de hombre
arriba de un torero,
vendiendo
al mundo entero
un toro de exportación…
Pero entonces
yo me creía
que también yo podría
ver mi nombre
allí escrito.
Y aunque que sea ingenuo,
eso me suena
bonito.
Después,
en las clases de Historia,
tú me llegaste,
¡muy bienvenida!,
(ya que yo era una chica
con sed de sabiduría),
llena de reyes,
de reinas,
de cambios de dinastías,
de viajes, de conquistas,
de invenciones de artistas.
Fernando de Aragón
y Isabel de Castilla
estaban allí
en mi libro
como aquí ahora
todavía están.
Y Colón,
sin ser español,
fue tu héroe nacional,
y dividió el tiempo
y la Historia de América
en dos distintas eras:
la indígena precolombina
y la que llegó
(aunque insana)
después de Colón y sus sueños.
Tu espacio en mi libro
era asaz pequeño,
así como mis ideas,
pequeñitas también.
Pero allí
yo ya sabía
que la España que conocía
en mí siempre viviría,
yo, mujer americana,
de una tierra
de vientre usurpado,
cruzado por Tordesillas,
donde hasta hoy
muchos pueblos
viven aislados,
olvidados de la Historia
que los ha encarcelado
en los brazos del pasado.
¡Oye!, España,
hoy yo sé
que eres más
que los borbones de ayer
o que un huevo de pié.
Después,
ya con los dieciséis,
oí hablar de tus guerras.
Sucesión,
Guerra Civil,
hombres muertos,
miseria.
Un país lleno de sueños
y de conflictos de ideas,
Una España bien distinta
de aquella
que parecía
ser un mar de carabelas.
¡Oye!, España,
hoy yo sé
que eres más
que una esfera
donde sólo se habla
de batallas
y de dañinas hierbas.
Además,
todo es así:
no hay
ganancias sin pérdidas.
Pero lo mejor de ti,
(¡Bienvenida!
¡Bienvenida!)
me llegó
más adelante…
Tú,
tan maja y
tan desnuda…
Tú, en tu mejor parte,
ya que vestida
por la
Historia del Arte.
La España
que entonces conocí
tenía
la sorpresa de Dalí,
los ojos mojados
de El Greco
mirando arriba de aquí,
la ternura de los niños
que Murillo retrató,
el tenebrismo de Ribera,
en la barroca edad,
mezclando
la fuerza de la luz
a la oscuridad.
De Zurbarán,
eras la técnica,
las formas más copiadas,
de Goya,
las negras pinturas
y mujeres jamás olvidadas.
Tú eras
un espejo
donde Velasquéz
miraba
los valores del mundo,
todavía,
tú eras también,
un espejo despedazado
donde Picasso
miraba
una era hecha de pedazos.
Tú eras, entonces,
España,
las formas fantásticas
de Miró,
más que el Barroco,
que El Siglo de Oro,
más que el
churrigueresco
o que el estilo mudéjar...
Tú eras, entonces,
España,
una paleta viva,
mil colores escurriendo
bajo mis ojos sedientos
de algo que en tí
es mucho mayor
que el tiempo
derritiéndose
en relojes.
Mi amor se reí de mí
encantado con mis recuerdos
y me habla
de otros nombres
que pronto
conoceré.
(¡Bienvenidos!
¡Bienvenidos!)
¡Oye!, España,
hoy yo sé
que eres más
que una lista de nombres,
que una escuela,
que un estilo,
que una pintura de millones.
Eres en mí,
todavía,
y eso siempre serás,
los recuerdos
de una cría,
en los jardines
de la universidad,
que pensaba
ser un sueño
(de aquellos, casi imposibles)
pisar un día
en tu suelo
y, sintiéndose bienvenida,
ver la Historia y la vida
dibujadas y coloridas
por manos más que divinas.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
Sale de la carretera
una voz así sentida.
Majadahonda está cerca.
El pasado cierra puertas
al futuro que llega.
viernes 18 de septiembre de 2009
Canción de la bienvenida (parte I)
I
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
La tierra abre sus brazos
mientras mis ojos
miran
al pájaro de metal
que llega al nido.
Maletas bailan
la canción del viajero,
y voces
jamás oídas
gritan desde las paredes grises:
“¡Bienvenida!”
Sin turbulencias aéreas,
con turbulencias en tierra,
mi corazón
ayer ave inmigrante
empieza hoy
su historia
de mezclar
las aguas saladas
de antes
al aceite
casi dulce
de esta nueva senda.
Caminos,
escaleras,
cristales,
puertas…
Hay flechas,
pero no hay más
la rosa de los vientos
de mi lengua portuguesa
un muelle seguro
donde yo me
sostenía
entera
como un barco
lleno de mercancías
(pero con documentos).
¡No más!
¡No más!
Ahora la palabra
se cambia
y me cambio yo
trayendo en las maletas
mercancías del pasado
y molinos importados.
¡Venga!
¡Bienvenida!
¡Dios Mío!
Qué lengua
¡tan parecida
con la mía!
¿O me engaño,
y como tonta,
oigo sanchos
donde sólo hay
quijotes y sueños?
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
¡OYE!
SALIDA
Y salgo de mí
una vez más
para cruzar
la frontera
de una vida
resumida
en papeles
y en la mirada seria
“de gafas y de bigote”
(¡Me acordé de ti, Drummond!)
a decirme:
“¡Siga!”
Me voy…
Y ya sin miedo,
soy un río
corriendo libre
de barreras.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
Paro y miro
la última puerta.
Pero…
¿Qué importa?
La última
es la primera,
porque
tras de allí
hay una vida
entera.
Me voy…
(¡Bienvenida!)
confiada.
Me voy y llevo conmigo
mis maletas,
mis lecturas,
mis investigaciones
y mi patria,
en mí inscrita
como un mapa.
España y sus historias,
España y sus provincias,
España y sus colores…
Empezando aquí,
en Barajas,
España y sus cajas
(de cambios en muchos sentidos).
Hasta la última puerta
nada más
que diez pasos
y miles de kilómetros
de sentimientos
y sueños.
Me voy…
Llego.
Verbos ahora iguales
como la noche
y el día
si hay luna, sol y amor
en forma de un eclipse.
Me voy
de lo que era
(¡Bienvenida!)
y llego
a la nueva era.
(¡Bienvenida!)
La última puerta
entonces me mira,
espejo donde me veo:
mujer que llega
vestida de partida.
Una cría escondida
bajo los pelos teñidos
y en el útero vacío.
Después de la puerta
(¡Bienvenida! ¡Bienvenida!),
la mirada fuerte
de lo nuevo,
de lo distinto,
algo que en mí
tiene un sonido
jamás oído
y siempre oído
más allá de los sentidos.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
A mí me besa,
con la boca de un hombre,
la lengua que no hablo
pero que, presumida,
invento.
A mí me besa
la lengua del hombre
con quien me entiendo
más allá
de lenguas
y de conceptos.
Y la última puerta
se cierra.
España me espera.
¿Bienvenida?
¿Bienvenida?
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
La tierra abre sus brazos
mientras mis ojos
miran
al pájaro de metal
que llega al nido.
Maletas bailan
la canción del viajero,
y voces
jamás oídas
gritan desde las paredes grises:
“¡Bienvenida!”
Sin turbulencias aéreas,
con turbulencias en tierra,
mi corazón
ayer ave inmigrante
empieza hoy
su historia
de mezclar
las aguas saladas
de antes
al aceite
casi dulce
de esta nueva senda.
Caminos,
escaleras,
cristales,
puertas…
Hay flechas,
pero no hay más
la rosa de los vientos
de mi lengua portuguesa
un muelle seguro
donde yo me
sostenía
entera
como un barco
lleno de mercancías
(pero con documentos).
¡No más!
¡No más!
Ahora la palabra
se cambia
y me cambio yo
trayendo en las maletas
mercancías del pasado
y molinos importados.
¡Venga!
¡Bienvenida!
¡Dios Mío!
Qué lengua
¡tan parecida
con la mía!
¿O me engaño,
y como tonta,
oigo sanchos
donde sólo hay
quijotes y sueños?
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
¡OYE!
SALIDA
Y salgo de mí
una vez más
para cruzar
la frontera
de una vida
resumida
en papeles
y en la mirada seria
“de gafas y de bigote”
(¡Me acordé de ti, Drummond!)
a decirme:
“¡Siga!”
Me voy…
Y ya sin miedo,
soy un río
corriendo libre
de barreras.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
Paro y miro
la última puerta.
Pero…
¿Qué importa?
La última
es la primera,
porque
tras de allí
hay una vida
entera.
Me voy…
(¡Bienvenida!)
confiada.
Me voy y llevo conmigo
mis maletas,
mis lecturas,
mis investigaciones
y mi patria,
en mí inscrita
como un mapa.
España y sus historias,
España y sus provincias,
España y sus colores…
Empezando aquí,
en Barajas,
España y sus cajas
(de cambios en muchos sentidos).
Hasta la última puerta
nada más
que diez pasos
y miles de kilómetros
de sentimientos
y sueños.
Me voy…
Llego.
Verbos ahora iguales
como la noche
y el día
si hay luna, sol y amor
en forma de un eclipse.
Me voy
de lo que era
(¡Bienvenida!)
y llego
a la nueva era.
(¡Bienvenida!)
La última puerta
entonces me mira,
espejo donde me veo:
mujer que llega
vestida de partida.
Una cría escondida
bajo los pelos teñidos
y en el útero vacío.
Después de la puerta
(¡Bienvenida! ¡Bienvenida!),
la mirada fuerte
de lo nuevo,
de lo distinto,
algo que en mí
tiene un sonido
jamás oído
y siempre oído
más allá de los sentidos.
¡Bienvenida!
¡Bienvenida!
A mí me besa,
con la boca de un hombre,
la lengua que no hablo
pero que, presumida,
invento.
A mí me besa
la lengua del hombre
con quien me entiendo
más allá
de lenguas
y de conceptos.
Y la última puerta
se cierra.
España me espera.
¿Bienvenida?
¿Bienvenida?
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